Educar para la alegría

La ciencia, el futuro y las aulas

Posted on: 17 noviembre, 2016


por Mariano Martín Gordillo

Nadie entre aquí sin saber matemáticas”.

El lema de la Academia sigue dominando nuestro imaginario sobre la educación científica.

El requisito elitista con que Platón proponía seleccionar a los filósofos que habrían de gobernar la polis se ha convertido hoy en lugar común sobre la enseñanza de las ciencias.

No son pocos los profesores que tienen muy clara esa articulación propedéutica de los saberes y advierten del peligro cada año. “Ni se le ocurra hacer un bachillerato de ciencias”, claman muchos de ellos aplicando (mal) un simplista modus ponens de la orientación educativa: si se le dan bien las matemáticas entonces se le darán bien las ciencias; se le dan bien las matemáticas; por tanto, que siga estudios de ciencias.

El argumento funciona como filtro y deja de lado muchas cosas. Por ejemplo, la propia voluntad y vocación de los jóvenes. Parece que el requisito es más importante que el propósito. Tanto, que a algunos les parece un desperdicio que no lleguen a ser físicos, químicos o ingenieros alumnos que, teniendo buenas aptitudes matemáticas, también tienen querencias humanísticas, o , en sentido contrario, les parece un desatino que intenten serlo aquellos otros apasionados por la ciencia que, sin embargo, no obtienen buenos resultados en las matemáticas escolares.

En la penumbra queda la discusión sobre qué matemática (y cuánta) requieren realmente las distintas profesiones. y, lo que no es menos importante, cuál es la que resulta imprescindible para la formación general de todos los ciudadanos.

Pero es más fácil no pensar en todo eso y suponer que las competencias son lo mismo que las asignaturas y que unas son más instrumentales que otras. De hecho, ese mito teoricista expresado en el viejo lema platónico se extenderá también a las ciencias sociales con la “mejora” que hace un año introdujo el senado en la tramitación final de la Lomce para que las matemáticas también sean inevitables en ese bachillerato.

Sin embargo, hay otras formas de acercar las ciencias a los alumnos y de promover que sean muchos los que deseen dedicarse a ellas. Por ejemplo, sustituyendo ese modus ponens platónico por un modus tollens más aristotélico que recupere en la orientación educativa la relevancia de las causas finales. Y entre ellas la atracción del futuro.

Quizá no debamos presuponer el interés y la creatividad en los alumnos que son buenos en las matemáticas escolares y que, sólo por ello, parecen destinados a cursar estudios de ciencias. Quizá convenga fomentarlos siempre en las aulas haciendo que todos los alumnos puedan tener más presente el futuro.

¿Cómo?

*Llevando a ellas las cuestiones de prospectiva que tanto ayudan a entender por qué la ciencia es importante y fascinante.

*Haciendo que en las clases estén presentes no sólo las verdades cristalizadas del pasado sino también los desafíos que se abren en el futuro.

*Mostrando que la ciencia no es sólo la búsqueda de la verdad y la perfección conceptual, sino que en ella también están presentes los intereses, las controversias, los valores y los conflictos propios de la condición humana.

Ninguna de estas preguntas tiene una respuesta matemática.

Y no por ello dejan de ser interesantes (y útiles) para unos jóvenes que podrían aprender con ellas que la ciencia es mucho más que responder a preguntas en exámenes.

Si se fomenta la ciencia se tiene presente el futuro; si no se tiene presente el futuro, no se fomenta la ciencia.

 

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