Educar para la alegría

Criar hijos fuertes para un mundo difícil

Posted on: 12 junio, 2016


Por Natalia Trenchi
“Cuando yo tenía tu edad todo era muy diferente”, “los niños de hoy no son como los de antes”… son algunas de las frases que los padres a lo largo de tantas generaciones hemos venido repitiendo. Lo dijeron nuestros abuelos, lo dijeron nuestros padres y ahora, para sorpresa de nosotros mismos, las decimos nosotros. Es que esas ideas reflejan una realidad tan cierta como inevitable. Los hijos siempre crecen en un mundo diferente al de sus padres.

Nunca el mundo es lo que era, para bien y para mal. El nuestro, el de ahora, es un mundo complejo y cambiante, con luces y con sombras.En muchos aspectos la humanidad ha avanzado, en muchas arenas el hombre ha generado ventajas para sus semejantes. Sin embargo, y lamentablemente, aún estamos lejos de tener el mundo que desearíamos: un mundo donde la humanidad pudiera desarrollarse en armonía, con respeto por las diversidades, con oportunidades para todos…

En una región de desigualdades como es la nuestra, resulta muy triste mirar alrededor y comprobar cuántos niños viven hoy en situaciones económicas muy complicadas.

Muchos sin posibilidades de satisfacer sus necesidades básicas, otros lográndolo apenas, muchas veces pagando el alto precio del sacrificio extremo de sus padres.

En América Latina es mucho aun lo que falta por hacer y buena parte de ello recaerá sobre los hombros de los niños de hoy. Ellos son nuestro futuro y nuestra esperanza.

Desde diferentes lugares y con diferentes realidades, una cosa es segura: todos ellos tendrán que enfrentar muchos y grandes desafíos para lograr hacer de este, un mundo mejor.

Pero nada de ello será posible, si nosotros, los adultos responsables de su formación, no logramos protegerlos hoy de los peligros debilitantes que nos rodean y si no logramos darles la fuerza emocional necesaria para sortear los riesgos que los amenazan.

Ese es nuestro desafío. El desafío de padres y educadores de este nuevo siglo es lograr criar niños saludables, felices, responsables, sensibles y morales, a pesar de las dificultades. Y queremos hacerlo.

Hoy más que nunca debemos apelar a la fortaleza interior de los seres humanos, a su salud emocional para prepararlos para desarrollarse en el mundo real en que les tocó vivir, con sus riesgos y con sus ventajas. Ya que no podremos ofrecerles una vida fácil, hagamos todo el esfuerzo posible por dotarlos de la verdadera herramienta de éxito: la fortaleza emocional.

La fortaleza emocional tiene que ver con la resistencia, es decir, con la capacidad de enfrentar exitosamente los problemas y los peligros, y lograr crecer y desarrollarse adecuadamente a pesar de las dificultades.

¿Cómo son los niños emocionalmente fuertes?

Los impresionantes avances en genética han logrado demostrar que los seres humanos al nacer ya traemos buena parte de nuestras características personales en los genes. Sin embargo, la importancia del ambiente resulta fundamental para facilitar, reforzar o debilitar la expresión de las capacidades más importantes de la persona.

Si bien hay personas que nacen mejor o peor dotadas constitucionalmente que otras, nadie nace fuerte o débil emocionalmente. La fortaleza emocional no es algo que se herede ni que se traiga ya asegurada: es algo que se va adquiriendo a lo largo de la vida.

Desde etapas muy precoces, se van aprendiendo diferentes habilidades y estrategias que nos permiten ir ganando o no en fortaleza emocional.

Es la experiencia en la vida y con las personas significativas la que logra el milagro de transformar a un bebé en un ser humano con la suficiente fuerza interior como para enfrentar dificultades y salir airoso.

 ¿Cómo son estos niños?

 Estas son algunas de sus características:
Los niños emocionalmente fuertes se sienten únicos, especiales y apreciados. Han aprendido que tienen una identidad, una individualidad y que eso los vuelve valiosos.

Estos niños saben avanzar: han aprendido a ponerse metas altas… pero realistas y alcanzables. Además saben que para alcanzarlas, hay que trabajar y esforzarse. Los niños fuertes no son niños que no han tenido problemas en su vida. Por el contrario, los han tenido y han desarrollado la capacidad de resolverlos.

Han aprendido a reconocer cuando hay una dificultad y, como saben que las dificultades pueden ser solucionadas, piensan en soluciones alternativas posibles. Cuando encuentran un obstáculo, no huyen ni se paralizan, sino que logran interpretarlo como un desafío a superar. Buscan la manera de conseguirlo y hasta disfrutan en el intento.

Los niños fuertes confían en sí mismos y en los recursos que han incorporado. Tienen confianza en sus posibilidades y en su capacidad de superación. Tienen buenas habilidades sociales: buscan al semejante, saben a quién acercarse, cómo hacerlo y logran ser aceptados. No son agresivos, pero tampoco pasivos. Conocen sus derechos y los saben defender de manera no violenta. Se reconocen como seres autónomos: tienden a la independencia, a la autogestión. Han aprendido que pueden ir haciendo cosas por sí mismos y les resulta estimulante hacerlo.

Al mismo tiempo se responsabilizan por sus acciones: han aprendido que de lo que ellos hagan dependen muchas consecuencias. Son capaces de pedir ayuda cuando la necesitan, porque también han aprendido una cosa muy importante: en quien confiar. Son inteligentemente optimistas. No esperan imposibles ni compran quimeras, pero mantienen la esperanza de una vida mejor. Tienen una autoestima saludable. No se creen invulnerables ni omnipotentes, sino que conocen tanto sus debilidades como sus fortalezas y saben cómo utilizarlas. Han desarrollado un sistema de creencias que le da sentido a la vida y que les permite desbaratar el pensamiento terminal y materialista.

Conocen que son más que un cuerpo y posesiones. Han podido desarrollar ideas propias o aceptar las de otros. Creen en sus ideas y encuentran en ellas un fundamento para sus actos.

¿Cómo se accede a la fortaleza emocional?

Por cierto que la fortaleza emocional ni nace con nosotros, ni depende de la instrucción, ni del dinero, ni de la raza, clase social o religión.

La fortaleza emocional se adquiere, se va aprendiendo desde etapas muy precoces de lo que el niño recibe de su entorno. En él, las figuras preponderantes son los padres. Es a partir del vínculo entre padres e hijos que se integran los aprendizajes más importantes y básicos en este sentido.

Más adelante otras influencias empiezan a cobrar relevancia y aparecen otros adultos que también dejan su huella en la formación de cada uno: abuelos, familiares en general, cuidadores y docentes.

No menos importante es lo que los niños aprenden de otros niños, de sus pares amigos o hermanos que también pueblan su realidad emocionalmente significativa. La sociedad, la cultura imperante, tiene también otros mensajeros de valores y de información que cada vez más precoz e intensamente representan otra influencia nada desdeñable en la formación de los niños: los medios.

En diferentes etapas el impacto de la influencia de los distintos “maestros” en el arte de aprender a vivir y a ser uno mismo va variando. La enorme mayoría de estos aprendizajes se realizan en condiciones muy particulares: ni el “maestro” sabe que está enseñando, ni el “aprendiente” sabe que está aprendiendo.

Es en el contacto cotidiano, en la aparente “anodina” convivencia e interacción de todos los días, que todo esto se va procesando silenciosa, pero implacablemente. La fortaleza emocional no es algo que se aprenda con discursos, ni con clases o sermones.

Es un conjunto de recursos muy primarios que la experiencia va grabando en el “disco duro” de cada uno.

Y en esto reside el enorme poder que tenemos como padres o como docentes: lo que hagamos va a tener repercusión directa sobre el desarrollo emocional de los niños como seres humanos, como personas. Este es nuestro poder y nuestra responsabilidad. No hay manera de escapar a ella, ya que aun no ejerciéndola les estamos trasmitiendo un poderosísimo —y por cierto peligroso— mensaje, el mensaje de la negligencia y el abandono.

Será entonces viviendo, compartiendo tiempo y afectos que lograremos trasmitir las enseñanzas más importantes. Cuando sienten el tacto de nuestras manos en una caricia oportuna, cuando expresamos alegrías, pesares y enojos, cuando ven lo que hacemos con nuestro tiempo y con nuestros afectos, cuando reciben la mirada con que los bañamos, cuando nos alegran o nos desilusionan, es que irán construyendo esa estructura de sí mismos con la que deberán enfrentar los embates, grandes y pequeños, de la vida.

Por eso es tan importante que seamos conscientes de nuestra capacidad de impacto en el futuro de nuestros niños.

Por eso es importante que nos sintamos responsables de su bienestar y fortaleza.

¿Tenemos que ser padres perfectos?

 Por supuesto que no. De hecho, no existe la manera de serlo. Pero tenemos que buscar nuestra propia manera de ser tan buen padre como podamos.

El Observador /26 de abril 2016

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