Educar para la alegría

La familia y el Jardín de Infantes

Posted on: 2 julio, 2009


“La familia en estas latitudes rioplatenses, desde hace décadas, está permanentemente bombardeada por mensajes que apuntan a colocarla como pilar fundamental de la organización de la sociedad y, por otro lado, a una determinación socioeconómica que lleva a que cada vez se atomicen más sus integrantes y la familia tienda más a fragmentarse, a deshacerse”. (Eva Giberti)

Se asiste a una fragmentación de las estructuras tradicionales. Los padres ya no tienen prestigio y su autoridad se siente como autoritarismo. Pertenecer a una familia ya no proporciona, como en otro tiempo, un sentimiento de seguridad. La familia ya no es valorada en sí misma por las otras familias, es decir, por el resto del gran grupo. Se instala en cualquier sitio, nadie la conoce y se la juzgará únicamente por los signos actuales de su comportamiento aparente. No se conoce su identidad puesto que cambia constantemente de lugar, un lugar que por lo general es un pequeño departamento donde ya no queda nada de los recuerdos tradicionales, de los fetiches a los que la familia se aferra a veces con felicidad.

La modernidad le sustrajo al grupo familiar algunas de sus más básicas funciones y terminó por arrinconarlo en la esfera de la privacidad doméstica. Educación, producción, y asistencia mutua se cuentan precisamente entre las dimensiones funcionales de la familia que, paulatinamente, fueron pasando a manos de otras instituciones. La naturaleza afectiva de los vínculos entre los componentes de la familia tiene su mejor expresión en la constitución de un férreo cinturón de intimidad a su alrededor.

Como consecuencia de ello la separación entre la esfera pública y la vida privada que discurre en el seno de la familia se ahonda en forma notoria. La familia se transforma en un circuito cerrado en el que se desenvuelven las emociones más íntimas. La familia conyugal aparecería como una estructura sumamente estable y casi perfectamente adaptada a las actuales circunstancias. Su aislamiento constituiría sólo la otra cara de ese privado refugio en el que con afecto y sentimiento se hace frente a la frialdad y la impersonalidad del despiadado mundo del trabajo, los negocios y la política.

Los medios de comunicación han jerarquizado datos que la familia toma en cuenta en lo que significa la trascendencia del rol de padres en la estructuración de la personalidad de los hijos.

Los padres han ido perdiendo en la sociedad actual la omnipotencia que los caracterizó en épocas anteriores y los cambios que se han generado en la familia modifican de modo importante los vínculos entre padres e hijos.

Ser padres no es una condición natural: se nace hombre o mujer y durante las diferentes etapas del crecimiento a lo largo de todo el proceso de vida, la persona va incorporando roles según sus aptitudes naturales y las condiciones que el medio le brinde.

Los padres no han sido enseñados para ser padres. No se han preparado para ello y no presienten en muchos casos, las modificaciones que generan en el ámbito familiar con la llegada de un hijo. Cambios que no pasan exclusivamente por la presencia de un nuevo integrante, sus necesidades específicas en lo que se refiere a alimentación y cuidados o desde el punto de vista físico o material, en cuanto al lugar, mobiliario, diversos productos que resultan necesarios para el bebé desde que nace y de ahí en adelante durante toda su vida.

Se producen cambios en el orden emocional y afectivo que afectan las conductas de cada integrante del núcleo familiar con la consiguiente impronta en la personalidad de su hijo; van compartiendo y disfrutando en el hogar. Los progenitores imparten a sus hijos enseñanzas en forma natural y con toda facilidad pero, al intervenir los expertos para supervisarlos e indicar cuán importantes son esas tempranas enseñanzas, los padres toman mayor conciencia de sí mismos y a la vez comienzan a perder la confianza que tenían.

Con diferentes expectativas, un hombre y una mujer se encuentran y en muchos casos proyectan construir un hogar e inaugurar en él el milagro del hijo. Cada integrante de esa pareja, aporta un bagaje determinado de experiencias, valores, costumbres, necesidades e intereses que no siempre son los mismos, que condicionan su hacer y sus propósitos.

Ese hombre o esa mujer que con la llegada del hijo se transforma casi sin darse cuenta en padre o madre, tendrá que educar a su hijo en función de los objetivos comunes y de las costumbres que constituyen el estilo de vida de ese grupo social y volcará a través de sus acciones, sus valores, opiniones, decisiones y aspiraciones personales.

El niño.
Ya antes de nacer el sujeto existen respecto a él una serie de expectativas sobre el rol que va a desempeñar, la función afectiva, social, interactiva, comunicacional, etc. que va a cumplir, de parte del grupo familiar, de otras personas, de otros grupos, (instituciones, de la comunidad), que lo esperan. El lugar, el espacio o el vacío que está destinado a ocupar y la estructura vincular familiar social que lo determina, constituye lo que Moreno llamaba matriz de identidad del niño.

La familia espera con grandes expectativas al niño que va a llegar. Se imaginan cómo será el niño que ha de venir. Ese nuevo ser ocupa antes de nada un lugar en sus fantasías, sus ilusiones y sus deseos. La vida del niño se verá condicionada por el lugar que se le otorgue en función de distintas circunstancias, por el momento que esté viviendo la pareja, y por su situación familiar.

El niño al nacer, se instala en una constelación de significaciones. Viene a llenar muchos deseos, carencias de los padres. Se le asigna un nombre, ya sea el que está de moda, el del padre, el del personaje famoso que signifique algo para los padres.

El niño que nace viene a llenar un lugar ya preparado, pero cuando nace es una realidad que desde lo real jaquea a lo imaginario. Resulta que hay una contradicción muy grande entre esa ilusión sobre la cual los padres construyeron el nombre para su hijo y la realidad. Puede pasar que los padres resignifiquen la situación dándose cuenta de que entre lo imaginario y lo real deberán encontrar un nuevo significado. Pero puede pasar que los padres no resignen y sigan viviendo lo imaginado y entonces habrá una distancia muy grande entre la persona que padres suponen amar y el sujeto del amor (su hijo). (Alicia Fernández.)

Existe en el sentido de estas expectativas una presión afectiva, personal, familiar, y social considerable para que el niño ocupe este lugar virtual que está destinado a llenar. El que estas expectativas y este lugar asignados al niño tengan una influencia determinante sobre éste, constituyéndose una relación de poder entre el niño y su medio se debe a un hecho básico: la indefensión, la incompletud y, por lo tanto, la dependencia total del niño en su relación con su medio social o familiar en el momento de nacer.

Es decir que la primera relación que el sujeto tiene en su vida y que va a constituir el sustrato básico de su posterior existencia en el mundo es una relación de total dependencia con su medio y de poder del medio sobre él. La instrumentación que desarrolla para comunicarse con su medio está fundamentalmente determinada por esta relación de poder y dependencia.

Los cambios del niño y el modo en que la familia reacciona a ellos afectan al sentimiento que el niño tiene de sí mismo y van definiendo sus relaciones con su entorno.

Durante el primer año el bebé depende enteramente de la madre y tiene sus necesidades satisfechas gracias al amor de ella y sus cuidados. Por su parte la madre se siente halagada por esa necesidad tan exclusiva del bebé aunque a veces se siente también esclavizada por los requerimientos incesantes.

Hay espacio para todo tipo de madres en el mundo; algunas son buenas para ciertas cosas y otras para otras.

Figura de la madre.-
Las madres reaccionan de modos muy diversos frente al comportamiento de sus hijos. Algunas experimentan una sensación de alivio al ver que el niño que era antes tan absolutamente dependiente de ella es ahora un niño fuerte y capaz de manejarse él solo hasta cierto punto. Algunas son más conservadoras y lentas para adaptarse a la creciente individualidad del niño. Otras han disfrutado tanto la experiencia de tener un bebé dependiente de ellas solas que no están muy dispuestas a dejarlo ir, y se resienten secretamente porque el niño ya no las necesite con tanta exclusividad como antes. Otras madres no sienten tan agradable la intimidad física con el niño y esperan con ganas el día en que el niño sea más independiente.

En realidad la mayoría de las madres reconocen que han pasado en distintos momentos por esas tres actitudes. Contribuyen a ello las características personales de la madre y sus propias experiencias infantiles.

Lo habitual es que se mezclen sentimientos de alegría y orgullo por el rápido crecimiento del niño y por otro tristeza y pérdida por tener que renunciar a esa relación tan exclusiva con el niño.

El desarrollo emocional del pequeño estará influido por la edad de los padres, el lugar que ocupe entre sus hermanos, si es hijo único, si padece alguna enfermedad o minusvalía, si es adoptado, si existen desavenencias familiares, etc.

Aquel que está satisfecho con la educación que recibió de sus padres intentará plantear los mismos esquemas en su familia, mientras que el que quedó disconforme con el trato recibido buscará estrategias completamente opuestas para educar a sus hijos.
Muchas personas que no han logrado dar sentido a su vida, pretenden resolver sus propios problemas proyectándose en sus hijos; otros pretenden repetir sus experiencias si fueron satisfactorias.

La mujer ha ido integrándose a la sociedad desempeñando otros roles además del de ser madre. Trabaja, estudia o se desempeña en diversas actividades que la separan del hogar y se producen modificaciones en su propio rol, en el rol del padre.

Los roles claramente definidos se han desdibujado en la sociedad actual y la figura paterna adquiere una nueva significación en el núcleo de la familia.

En este devenir, las fantasías no resisten muchas veces el desafío de la cotidianeidad; la imagen ideal del padre y madre ejemplar, el hogar feliz, la madre cuidando al bebé en el hogar, el hijo perfecto, se desdibuja en las imágenes que devuelven conflictos, dificultades, problemas que en la mayoría de los casos no se sabe cómo resolver.

El Jardín Maternal.- Tradicionalmente la educación de la primera infancia estaba en manos de la familia. Actualmente el Jardín Maternal es una opción para compartir con las familias el rol de educar en esta etapa de la vida del niño, complementa la acción familiar y debe favorecer el desarrollo pleno de los potenciales del niño y asegurar la satisfacción de sus necesidades.

La crianza de los hijos asume determinadas formas reguladas por las pautas culturales, que a veces coinciden en parte con los valores culturales de las familias y otras veces entran en contradicción con ellos, generando diversos conflictos.

Vivir es convivir. Convivir es poder predecir, en términos mínimos, el comportamiento ajeno dentro de la relación humana.

El Jardín Maternal se suma a la familia y “camina” con ella durante todo el tiempo que el niño permanece en su ámbito.
Manoni afirma que; “El niño no está solo, sino que ocupa un sitio determinado en el fantasma de cada uno de sus padres”. Es necesario conocer el real significado que para la familia tiene el ingreso de su hijo al jardín maternal, qué mandatos intelectuales se le da al niño.

La educación tradicional, generadora de modelos dependientes y estructurados, establece un control sobre el desarrollo autónomo del individuo y de las instituciones formativas, lejos de permitir la modificación o sustitución de las circunstancias o de los valores en crisis, procura ratificarlos. Desconoce así que el hombre es trascendente y que debe realizarse libremente, evitando las fronteras interiores.

Educar es facilitar el desarrollo integral de los aspectos intelectuales, afectivos y sociales del hombre.

La familia y la sociedad son producto de su propia historia.

Es impensable el “ repetir las épocas pasadas”: sucede que los tiempos han cambiado, los integrantes de la familia también y es importante adecuar las conductas a las exigencias actuales.

Los días cambian, los tiempos cambian, nosotros cambiamos…

La Educación no puede permanecer ajena a esos cambios, debe buscar caminos nuevos asegurar su calidad y eficiencia.

Al decir de Alicia Fernández, para pensar nuevas ideas tenemos que desarmar nuestras ideas hechas y mezclar piezas.

La relación entre la familia y la institución es un constructo, por lo tanto la concibo como una relación dinámica, cambiante, oportuna, que se da en un marco temporal, espacial y social determinado.

Familia y Jardín Maternal son unidades sociales que deben reforzarse mutuamente en los procesos de socialización para el desarrollo individual y social, combinando de manera adecuada la construcción de valores ciudadanos, con un ethos ajustado a las identidades culturales propias de nuestros pueblos.

La propuesta de Freire: “Nadie educa a nadie, nadie se educa a sí mismo, todos los hombres se educan entre sí, mediatizados por el mundo” -vale para ubicar la relación que concebimos entre el Jardín Maternal y la Familia.

La situación ideal es la complementariedad formativa y moral entre la familia, los grupos de parentesco y las instituciones comunitarias y estatales.

Esta complementariedad entre Jardín Maternal y familia hace impensable una propuesta educativa real sin la participación de los padres.

El Jardín Maternal no puede usar ni los pies ni los ojos de la familia, debe usar los suyos, pero debe ajustar el paso para sostenerla, acompañarla y responder oportunamente a sus necesidades y expectativas.

El niño necesita seguridad, referencias claras y mensajes comprensibles. Es necesario asegurar canales de información y comunicación con la familia para poder encontrar propuestas coherentes.

Los padres quieren lo mejor para sus hijos aunque a veces no sepan, exactamente, qué es lo mejor para lograr en ellos un máximo desarrollo de sus potencialidades y una obtención de experiencias exitosas en la escuela y en la vida.

Se preocupan por adquirir mayores conocimientos sobre este fundamental aspecto de la vida de sus hijos. Se muestran deseosos de orientación e información respecto a la vida en pareja, la crianza de sus hijos y otros temas de índole familiar.

Los padres deben ser conscientes de la misión que les cabe como educadores primeros, a la vez de conocerse a sí mismos, con sus limitaciones e historias individuales que también se ponen en juego cada vez que tienen que actuar.

Siguiendo las reflexiones de Winnicott es necesario que el Jardín maternal fomente la confianza de los padres en su capacidad de ayudar al bebé a lo largo del complejo pero natural proceso de desarrollo desde la completa dependencia de la madre e identificación con ella hasta la autonomía.

Más que enseñar a las madres, lo que tenemos que hacer es aprender de ellas.

Lo que sí quiere la gente es que se le brinde comprensión de los problemas que aborda y se le haga tomar conciencia de lo que hace intuitivamente. Se sienten inseguros al quedar librados a sus pálpitos. Los padres se sienten confundidos por el problema en sí. En tales momentos tienden a sentirse culpables y corren hacia cualquiera que hable con autoridad, que les dé órdenes.

Hay una inquietud medular en las familias de hoy: la incertidumbre en la educación de sus hijos, fruto de la perplejidad de los padres ante valores que cambian y se cuestionan sin cesar.
“Somos cañas endebles, movedizas, pretendemos producir robles firmes y estables”.
“Transmitimos lo que somos: inseguridad, debilidad, cuentos contradictorios de valores contradictorios. Decimos felicidad, pero queremos hijos inteligentes, exitosos.
Se siente miedo, el miedo de la indecisión. El miedo de la apremiante necesidad de que los hijos sean felices, sean libres de culpa, sean ellos mismos.

Padres con miedo de educar transfieren miedo, indecisión, anomia. Es el gran espacio de libertad sin normas, sin posiciones fijas, de cuerdas aflojadas y sin jerarquías de valores ni creencias; sin compromisos. Esa libertad se torna vacía.

Si la Institución educativa transmite información de aquellos aspectos que interesan a la familia, sin socavar la confianza de sí misma, mostrándole lo que hace y como lo hace, perderá el temor, se sentirá más segura, de modo tal que cuando tenga dudas o ignore algo, buscará información en lugar de consejos.

Si se les impone a las madres que hagan esto o aquello o lo de más allá, pronto caen en un embrollo y lo que es más importantes, pierden contacto con su propia capacidad de actuar sin saber exactamente lo que está bien y lo que está mal. No es raro que entonces se sientan incompetentes.

Entendemos a la familia como un grupo humano de tamaño reducido, estructura frágil y vínculos transitorios. La familia aparece como un lugar neurálgico en su misión social, con posibilidad de autonomía individual rechazando a quienes no aceptan esta norma de funcionamiento.

Educar es suscitar la inteligencia, las fuerzas creativas de un niño y su familia dentro de sus propios límites, para que se sientan libres de pensar, sentir y juzgar de manera independiente.

El hombre es todo el hombre, el niño es todo el niño, ciencia y magia, reflexión matemática y el amor que espera ser amado.

Saint Exupery nos dice que: “ El amor no consiste en mirarse fijamente a los ojos, sino mirar juntos en la misma dirección ”.

Lo que vemos es distinto, pero podemos confluir en la dirección y unirnos en ella y no necesariamente en la interpretación de aquello que miramos, porque el solo mirar ya es interpretar y el solo ver ya es leer con ojos diferentes. Lo que hace difícil la convivencia y lo que envenena la relación es creer en el absolutismo de la visión personal. La visión es de uno y por tanto no del otro.

Todo ser humano es un haz de tendencias, necesidades y valores. (Económicos, estéticos, éticos, cognitivos, técnicos o tecnológicos, religiosos, políticos, etc.).

Cada persona es la estructura de todos sus universos y el orden de su jerarquización.
Juntos y solos, cada uno con su libertad tiene la necesidad de acordar sus reglas para no interferir en sus procesos particulares. Si hay relación, hay reglas.

“Me gustaría tener sobre mis rodillas un niño pequeño y contarle esta historia, la de las múltiples versiones de la realidad, para que desde chico vaya abriendo sus ojos a un hermoso mundo que le toca a él, constantemente, recrear, integrar.”

Cuando los niños llegan al jardín maternal ya están educados, es decir, formados y constituidos en los aspectos más cruciales del ser personal.

Los padres pertenecen a un mundo y reflejan ese mundo en su conducta. Los padres, cada uno de ellos, tienen su interior, sus tendencias, preferencias, habilidades, aptitudes, creencias, adhesiones, rechazos, principios.

Que entren los padres. Los hijos esperan.

El conocimiento es conocimiento del otro, porque el otro lo posee, pero también porque hay que conocer al otro, es decir, ponerlo en el lugar del maestro. No aprendemos de cualquiera, aprendemos de aquel a quien le otorgamos confianza y derecho a enseñar.

Es bueno reafirmar que cada familia es única e irrepetible, como único e irrepetible es el tiempo en que los códigos de conducta y los valores fundamentales de la convivencia y la independencia se transmiten a los hijos en los primeros años de su vida.
Ayudemos creando un ambiente estable, sólido, con bases firmes, que traduzca el respeto de los adultos entre sí y por ese niño que está observando y siguiendo paso a paso los movimientos de quienes lo rodean. Es ahí precisamente donde educaremos realmente en familia y es precisamente ahí donde, sin darnos cuenta, quedan asentadas las bases del hombre que será.

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